A veces, cuando la noche es fría y el día ha sido malo, me entran ganas de ponerme una mascara y salir a impartir justicia. Por supuesto no tengo poderes ni nada, pero como muchos han demostrado, no hacen falta superpoderes o aparatos extraños para luchar por una causa, por justa o injusta que le parezca a la sociedad.
Pero otras noches solo deseo una mascara para imponer el caos, la anarquía y el desorden. Eso esta mal, pero por 30 segundos se siente como si fuese lo justo, y además necesario para que aquellos que viven a tu alrededor despierten. Después de todo despertar es un asunto doloroso y difícil, tienes que pasar de un coma profundo a un estado de alerta en pocos minutos, así que por que hacer que los que te rodean despierten a tu realidad debería ser menos violento.
En el día a día condeno la violencia tanto como cualquiera, pero no puedo negar el hecho que resulta atractiva desde varios puntos de vista. Parecemos destinados a ser una raza violenta, sin importar lo mucho que tratemos de sentirnos civilizados. Pareciera que la civilización dentro del ser humano en el mejor de los casos es solo superficial, el simio de 2001 odisea espacial esta y parece que estará siempre presente.
Lo atractivo de la anarquía es lo simple que resulta. Destruye un poco de propiedad aquí, un par de bombas allá, grafíttis en todas las expresiones del régimen, panfletos en la vía pública, acabar con unos cuantos agentes del régimen de turno antes de la cena. No puedo negar este atractivo pero no existe sociedad moderna que pueda convivir con un foco de anarquía permanente. Las sociedades dependen del orden y el respeto a las leyes, la anarquía vive de lo contrario. Evidentemente, este comentario se vuelve anárquico si no existe una idea detrás, sin un tema en particular. Si lo tiene, solo que esta oculto debajo de una capa de caos. O es muy posible que no exista. Y es por eso que a veces el anarquista no es entendido, porque a pesar de que su única motivación sea el caos y la destrucción, muchos pueden hallar una razón real, y darle un significado a sus acciones, por lo que el anarquista se vuelve un símbolo, una regla, un orden; todo lo contrario a su motivación original.
Además del atractivo del caos, esta la mascara. La mascara oculta tu identidad y te hace sentir invencible, ya que nadie sabe quien eres por lo que nadie te puede perseguir cuando te la quitas. Sin embargo cuando tu lucha egoísta se manifiesta contra un régimen que oprime, todos se benefician de tu mascara, ya que todos se identifican con el icono que representas, y todos luchan con el enmascarado, y con suerte alguno se unen, despertando y ayudando a despertar a todos aquellos que conviven en el mismo espacio. Es entonces cuando la mascara desaparece, sustituida por los rostros de aquellos que quisieron cambiar lo que parecía inmutable.
Cuando muere la motivación muere el anarquista o se vuelve parte del problema, motivando un ciclo infinito. El problema radica en que la sociedad se basa en el consenso, pero el consenso es una utopía donde solo el más fuerte aplica su opinión, ya sea un individuo o un grupo. El descontento es permanente, dado que no es posible eliminar el ego del ser humano.
A pesar de esto, todas las sociedades han tratado de eliminar el ego de su definición de individuo, fallando siempre. Probablemente esto sea bueno, ya que de hallarse una solución dejaríamos de evolucionar en forma permanente y presenciaríamos el verdadero final de la raza humana.
Mascaras anarquía y violencia están bien para una noche fría y solitaria, lamentablemente esta noche hace calor, y estas ideas se hunden en el sueño del día.